por: Carlos Ríos
Ahí está clausurado. La esperanza de ser reabierto algún día zozobra a medida que Cronos corre por la infinita pista del universo. Su cartel hace años desapareció. Aún no sé si lo robaron, o si un directivo de cultura, por la vergüenza lo mandó a quitar. Sus entradas principales fueron tapiadas, hace años dejó de existir el cine Victoria.
Una película italiana, cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, narraba la historia de un niño que trabajaba en el cine de su pueblo. Un tiempo después el párvulo regresaba como director de cine, y lloró frente a los restos de lo que había sido su primer oficio.
Los sentimientos de aquel hombre los experimento cada vez que transito frente al cine Victoria, sala pequeña muy próxima a la calle principal de Gerona.
Frente aquel cine-teatro disfruté con mi papá de las semanas de cine japonés, italiano y cubano, de los humoristas nacionales que le daban un espacio a la Isla de la Juventud en su “apretada gira”, y de las actuaciones de la carreta de los Pantoja.
Confieso que más de una vez maldije aquellas interminables colas de cinéfilos, «ojalá desaparecieran para siempre», pensé en más de una ocasión. Hoy me arrepiento y las extraño. Las anhelo porque eran la traducción de que había vida en mi ínsula. Las añoro porque eran la prueba de que no yacía inerte el cine Victoria.
Lamentablemente el período especial y la dejadez de algún que otro burócrata ayudaron al exterminio cultural de la pequeña salita. Puede que el cine Victoria no abra otra vez sus puertas al público, pero quiera el destino que no sigamos los pineros perdiendo espacios.


