Quiso mi abuela materna que fuera su primera nieta pinareña. Así, se dispuso mi nacimiento en San Cristóbal, y aunque sobrellevo con gusto la popular fama de “bobos”, digo, de nobles, que tenemos los pinareños, es en la Isla de la Juventud donde guardo, cual tesoros, los recuerdos más valiosos de mi vida. Pero de otros tesoros, no los míos, se tratan estas líneas.
Buena parte del imaginario popular pinero lo conforman las historias de piratas, sus cofres y botijas escondidas. Todavía en estos tiempos hay quienes siguen las pistas de las fortunas enterradas en la Isla por Henry Morgan y otros célebres de antaño. La Sierra de la Cañada y el puerto de Júcaro -famoso también por su colonia de inmigrantes
japoneses- son sacudidos una y otra vez con la esperanza de encontrar al menos un doblón.
Sin embargo, otras riquezas de la Isla si bien ya han sido descubiertas, se han convertido en una especie de tesoros anónimos. Quizás el precio de este peculio no sea en
oro, pero sus valores culturales y antropológicos han desentrañado parte de los secretos que aún tenemos sobre nuestros ancestros indígenas. Les hablo de las cuevas de Punta del Este, de la capilla sixtina del arte rupestre en Cuba. Cientos de estampas y signos de
los que aún no existen significados exactos, han perdurado en esa zona por cientos de años. Sus cavernas submarinas y cascadas interiores se convierten en el Edén para cualquier visitante.
La Isla de la Juventud, pudiera ser llamada también de los misterios. Entre los más exóticos se encuentra la historia de la actual Jungla de Jhones, antigua propiedad de uno de los tantos norteamericanos que compraron porciones de la entonces Isla de Pinos.
La leyenda narra que unos prófugos del Presidio Modelo asaltaron la finca de los Jhones, donde supuestamente la viuda del patronímico de la casa poseía una gran fortuna. El asesinato de la señora fue en vano. Ni un solo centavo fue encontrado en derredor. La ira
de los asaltantes se volvió piromanía, y en minutos el hogar de los Jhones fue una gran nube de cenizas. Años más tarde, por caprichosos del destino, brotó de los cimientos de
la casa una Ceiba que curiosamente semeja la figura de una mujer. Algunos piensan que es el espíritu de la señora Jhones.
En el lugar que habitaron esta pareja de norteamericanos se erige hoy un reservorio botánico para los pineros, que además de las historias entretejidas sobre los fantasmas de sus dueños, posee árboles endémicos de la Isla de la Juventud y un manantial cuya
agua, insólitamente, tiene el sabor de un jugo de piña.
Y si de aguas mágicas se habla, no pueden faltar los célebres manantiales de Santa Fe.
Tal llegó a ser su prestigio internacional, que figuras políticas, artistas y aristócratas de todas partes del mundo concurrían en estas aguas termales para sanar o recuperarse de alguna enfermedad. La demanda y asiduidad de los interesados, despertaron
la ambición de avezados empresarios que construyeron moteles para albergar a todos los que en busca de milagros acudían a las santas aguas.
La Isla más Joven de Cuba guarda en sus entrañas antiquísimos tesoros, muchos de ellos devenidos con el tiempo anónimos. A sus hijos, verdaderos albaceas de tan singular peculio, corresponde arrancarlos de los ignotos parajes de la desmemoria. En lo que la
maravilla ocurre, seguirán siendo, como ahora, fortuna invaluable de aquellos que cultivan sus vidas entre la soledad de las playas y el eterno vapor de los mármoles pineros.



