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Eleva su proa irreverente ante la furia del mar. Su estructura de madera, excelentemente pulida, surca cada noche las olas que separan la Isla chica de la Isla grande. 

En él viajaron Fidel y los expedicionarios del Granma, pero también innumerables historias de amor, de familias, sueños e infortunios.

Pocos saben a ciencia cierta cuando fue sacado de su medio natural, cuando devino museo para ser admirado  por los ojos de las nuevas generaciones. Miles de pineros visitamos sus salas para recordar a los asaltantes y otras personalidades cubanas que hicieron historia entre las aguas de una y otra Isla.

Los años pasaron, pero como dice el adagio “el tiempo lo destruye todo”, y el Pinero no quedó fuera de este aforismo.

Sus maderas estructurales fueron invadidas progresivamente por las termitas que echaron abajo tabla por tabla, sin el temor a que alguien las detuviera.

La voraz naturaleza de estos insectos y la falta de “algún” presupuesto para la conservación o restauración del Pinero, aceleraron su fenecimiento.

Tras dos décadas de resistencia en tales condiciones, el Pinero terminó por desplomarse con uno de los últimos ciclones que sacudió a la Isla de la Juventud. El fondo del mar se convirtió en la última morada de unas pocas tablas de lo que antes fuera Patrimonio Nacional.        

Hoy Nueva Gerona despierta cada mañana y no encuentre más al viejo barco en su soledad de siempre. En su lugar, las vigas de acero que lo sostenían y algunos listones de madera hechos añicos. En el museo, una pequeña copia de treinta centímetros es la única referencia para los nuevos jóvenes.

El Pinero no puede quedar eternamente anclado en el olvido, es una página heroica de la historia de Cuba y ¡hay que reponerla!

 

 

 

¿Quién no ha estado en una barbería? ¿Quién no ha participado en esos forum donde se reúnen varios hombres a debatir sobre deporte, política, economía, en fin, sobre disímiles temas.

Recuerdo la barbería de Gerona, ubicada frente a la librería de la calle 39, antes de que los cuentapropistas pulularan por los vecindarios y barriadas cubanas. Era el lugar de reuniones de ancianos, jóvenes, y adonde me llevaba mi papá cuando mis rulos crecían demasiado.

De ese entonces recuerdo a Omar,  barbero especial para  mis coterráneos. Su diálogo ameno y  la variedad de sus temas engañaban a Cronos, y lo que hubiesen sido interminables horas de espera,  parecieron minutos lujosamente entretenidos.

Fue en ese espacio donde, con Omar de moderador, oí hablar de libros, discutir sobre la Perestroika, e incluso de la caída del campo socialista, que ya se avecinaba. 

Omar era conocido por su destreza con las tijeras, y por no usar las temidas máquinas de pelar Made in RDA, que halaban cabellos al pasar por un cráneo inocente. Pero, más que barbero,  era admirado por ser maestro de varias generaciones de estilistas, peluqueras y fígaros pineros.

Hoy no pocos le agradecen haber sido sus discípulos, otros ni siquiera lo conocen. El dólar y la desigual competencia que le hace a nuestra moneda, obligaron a maestros, ingenieros, constructores, plomeros, periodistas y barberos desertar de sus trabajos públicos para marchar hacia las nuevas tropas de los cuentapropistas. Omar también marchó.    

 

 

 

Sonido olímpico

Jesús Sifredo Raso, miembro de la Asociación Nacional de Sordos de Cuba (ANSOC) es uno de los más valiosos deportistas que posee la Isla de la Juventud, sus hazañas como atleta se inscriben con letras doradas en el deporte para discapacitados de nuestro país, pero padece cierto anonimato.  

Hace unos años, cuando lo entrevisté, le inquirí por los orígenes de su carrera deportiva. Jesús recordaba: “Comencé a los 11 años de edad. Fue en la escuela Venancio Rives donde el profesor Orlay del Río, entrenador de atletismo, me dio mi primera preparación. Al principio le decían que yo no poseía cualidades porque mis cualidades físicas distaban mucho de las de un velocista”.

La constancia de entrenador y atleta convirtieron al joven en una promesa del atletismo.

A los once años Sifredo participó en su primera competición. Escasos fueron los resultados. Sin embargo, lo que para muchos hubiese sido cerrar las páginas de una carrera deportiva para él fue tan solo el inicio.

Años más tarde la ciudad héroe, Santiago de Cuba, se convierte en la sede de las competiciones nacionales para atletas discapacitados. Un muchacho, hasta entonces desconocido, gana las pruebas de los 100 y 200 metros planos, y obtiene un segundo escaño en el relevo 4x 100: era Jesús Sifredo Raso.

Aunque muchos lo desconocen, este pinero fue uno de los integrantes de la delegación cubana a los Juegos Olímpicos para Sordos, con sede en Bulgaria. Aún recuerdo sus señas indicándome la emoción de haber sido parte de aquella delegación, con la cual Cuba obtuvo el cuarto escaño por países. Durante  años Sifredo Raso estuvo entre los cinco primeros corredores cubanos con discapacidad auditiva, fue  recordista nacional y con la camiseta tricolor obtuvo el primer lugar en el relevo 4×100 de los II  Juegos Panamericanos para Sordos.

Los lauros de este joven borraron el silencio de su mundo, y a pesar de ser un transeúnte más, es orgullo del deporte pinero.

   

 

 

 

 

 

Por Luis Sexto

 

A Rolando Téllez le faltaba visitar el faro de Carapachibey, en la Isla de la Juventud. Ya había estado en el Roncali, del Cabo de San Antonio, y en el de la Punta de Maisí. Los había prefijado como lugares, tierras sagradas, donde al llegar quemaría su culto a la geografía de la patria. Lo conocí cuando ya, como cubano devoto, había peregrinado a sus mecas.  En cada sitio su imaginación, viajera hipotética, se había avergonzado. Nunca pudo columbrar con acierto, desde la distancia del deseo, la verdadera faz de sus dioses. Carapachibey, para este trabajador del Telecentro provincial de Las Tunas, era el recóndito espacio de tres casuchas y un faro cilíndrico y pequeño como un habano. Ahora lo encuentro aquí; le pregunto cómo fue el tope entre lo imaginario y lo real.  “Como si entrara en un centro de experimentación: instalaciones futuristas, raras, entre las cuales el faro semeja un cohete dispuesto a ir a la Luna. El farito de Las Tunas le cabe en la barriga.”.  

 

Rolando Téllez, de 31 años, es una mención casual en este reportaje. Coincidimos porque ambos habíamos soñado el mismo proyecto, la misma forma de imbricarnos con nuestro país: conocerlo. En mi condición de periodista, al conocerlo yo, lo conocerán otros mediante mi palabra. Porque la palabra -acota Téllez, publicitario de oficio- hace ver, oír y, sobre todo, imaginar.  Pude, al igual que Téllez, imaginar a Carapachibey como cualquier torre que en las costas de Cuba orientan la navegación en el mar Caribe. Erré también. Es distinta. Singular. En lo cual no fallé durante mis horas de previsión fue en la atmósfera: una soledad perfectamente definida por el mar y su sonido al desfallecer ahora o revolcarse luego sobre los arrecifes del litoral, y por las voces de los pájaros y el silbido del aire al transitar entre los pinares. Verdor variopinto abajo. Y azul arriba. Y azul también abajo. En el ocaso, el sol se enrojece y se pone a mano como una lámpara benigna. Una estampa única, a cuya luz el hombre solo puede hablar consigo mismo.  Esta última visión se ve plenamente desde la altura. El faro, cilíndrico y delgado, asciende 60 metros. El mayor de América Latina, de acuerdo con el dato de Julio Suárez Acosta, uno de los tres torreros. Para alcanzar la cima, e introducirse en la cristalería del fanal alógeno que cada 7,5 segundos deletrea una señal posible de captar a 17 y media millas, hay que prepararse como alpinistas. La cuesta se empina 280 escalones.  A la redonda, lo que no agua, es tierra de la Isla de la Juventud. 

 

Estamos en el sur, cerca de Cocodrilo, el antiguo Jacksonville, donde aún radica un nieto de Jackson, el ciudadano de Gran Caimán que hace más de un siglo fundó el poblado. Hacia el norte y el este se explaya un tapiz donde prevalecen parte de los pinares y bosques que Colón vio atónito por primera vez en junio de 1494, cuando, al salir de Cortés, en el occidente de Cuba, ventoleras y marejadas del Golfo lo enrumbaron hacia la bahía de la Siguanea. Este es el punto donde al suroeste la Evangelista, nombre puesto por el Almirante, y luego la Isla de Pinos y hoy de la Juventud, se eleva en el mapa como una nariz de gancho al revés, o una cachimba con traza de saxofón.  La caleta de Carapachibey y sus alrededores fue zona de aborígenes. En los residuarios, clasificados como de la cultura de Siboney Guayabo Blanco, han aparecido herramientas y despojos alimenticios, algunos de los cuales se conservan en el museo del faro. Carapachibey suena a lengua indígena, aunque Julio Suárez, medio en broma, apunta que es término derivado de carapacho. Porque como aquí caguamas y careyes vienen a desovar anualmente, y ponen en huecos centenares de huevos, tal vez por ello el paraje haya recibido ese nombre.   

 

El ciclón de 1944 arrambló con el faro metálico existente en Carapachibey, punto más estratégico del sur pinero para enviar al mar los guiños de la costa. En 1949 se irguió uno de hormigón, cilíndrico, pintado de rayas blancas y rojas, con unos 27 metros de altura y con una potencia de 11,000 bujías. A 16 millas de distancia se apreciaban sus destellos, y los navegantes, mirando la carta, podían decir: pasamos Carapachibey. Esa franja marina ha sido habitualmente ruta de transporte. En la actualidad, unos ocho o nueve buques cada día se atienen a la posición del nuevo faro que en 1983 se estrenó en el servicio. También de hormigón, con el doble de altura que el anterior. Y con las viviendas más confortables, fabricadas en una unidad arquitectónica que, entre el bosque tupido y solitario, y el mar desierto, asoma como un toque de novedad extraterrestre.  Las edificaciones requieren aquí solidez. El mar y los vientos del sur pregonan enemistad, garra. A tres o cuatro metros de la costa, las aguas ya se hunden 10 ó 12 brazas; a veinte, 60 ó 70, y a 200 metros la profundidad baja 300 ó 400 brazas. Al voltear la vista, el mar puede convertirse en una mano gigantesca con los dedos de espuma.

 

Julio Suárez recuerda el ciclón Lily. El mar estaba en fuerza tres, y de súbito, se encaramó en fuerza doce. Las olas medían 12 metros de altura. Todavía las paredes, los techos, conservan las heridas de los palmetazos del mar. El agua entró en las viviendas. Destruyó colchones, televisores, refrigeradores. Y dejó, cerca, las ruinas de una casa de dos plantas donde operaba una cafetería del Poder Popular. El mar creció hasta el segundo piso.  Salvo esos momentos, la vida en Carapachibey navega lentamente en la placidez. Usted se pone a dormitar al mediodía y no oye el claxon de un carro, aunque el ómnibus de Cocodrilo a Nueva Gerona pasa por el faro; ni el grito de un vecino. Silencio. El propio Julio Suárez llegó aquí con 54 años, hace tres, padeciendo una hipertensión que paraba en 190 de mínima y 220 de máxima. Como para morirse. Ya oscila en la normalidad de esta existencia apacible, sedada, sin que por ello tanta paz aburra. Además de la responsabilidad de trabajar 24 horas seguidas, de una a una, que implica actividad y tensión, la naturaleza sorprende a los torreros y su familia con la visita inesperada de un venado, un puerco jíbaro, un caguayo, una caguama…  

 

Han visto caguamas presilladas en Jamaica, Haití, Puerto Rico. ¿Presilladas? Sí, como las palomas mensajeras: una presilla en una pata para saber cuánta distancia recorren, qué edad tienen… Cuba presilla (cerca de aquí hay un centro de quelonios), y presilla Japón, aunque no hemos visto ninguna presillada allí. Tendrían -digo- que cruzar el Canal de Panamá. Y lo cruzan -dice Julio Suárez. Me han contado que en el Canal las caguamas parecen piedras cuando descansan de su travesía.  Recorremos las instalaciones. Subimos la torre. Abajo, mientras observamos con los prismáticos hacia el mar y tratamos de identificar una embarcación en lontananza, comento: qué lugar para un escritor. A mi comentario, Julio Suárez asiente y añade: y para leer. ¿Usted lee? Sí, libros, memorias de campaña; fui militar. ¡Ah! ¿Y periódicos? No, aún no nos llegan. Pues pídanlos. ¿Cómo leerán el reportaje sobre el faro? Y cuenta Julio que antes los leía. Antes, cuando no estaba en sitio tan remoto, y antes de venir a la Isla de Pinos hace 37 años. Porque nació en Pedro Betancourt, en Matanzas, y estudió agronomía. Y aquí está. Como navegando en el mar sin ser marino y caminando por el campo sin cultivarlo, aunque es agrónomo. Claro, ya ve usted las vueltas que da la vida, musita Julio dirigiendo los anteojos hacia una mancha blanquecina, allá, lejos, en el cuchillo del horizonte…   

 

por: Carlos Ríos

 

Ahí está clausurado. La esperanza de ser reabierto algún día zozobra a medida que Cronos corre por la infinita pista del universo. Su cartel hace años desapareció. Aún no sé si lo robaron, o si un directivo de cultura, por la vergüenza lo mandó a quitar. Sus entradas principales fueron tapiadas, hace años dejó de existir el cine Victoria.

Una película italiana, cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, narraba la historia de un niño que trabajaba en el cine de su pueblo. Un tiempo después el párvulo regresaba como director de cine, y lloró frente a los restos de lo que había sido su primer oficio.

Los sentimientos de aquel hombre los experimento cada vez que transito frente al cine Victoria, sala pequeña muy próxima a la calle principal de Gerona.

Frente aquel cine-teatro disfruté con mi papá de las semanas de cine japonés, italiano y cubano, de los humoristas nacionales que le daban un espacio a la Isla de la Juventud en su “apretada gira”,  y de las actuaciones de la carreta de los Pantoja. 

Confieso que más de una vez maldije aquellas interminables colas de cinéfilos, «ojalá desaparecieran para siempre», pensé en más de una ocasión. Hoy me arrepiento y las extraño. Las anhelo porque eran la traducción de que había vida en mi ínsula. Las añoro porque eran la prueba de que no yacía inerte el cine Victoria.

Lamentablemente el período especial y la dejadez de algún que otro burócrata ayudaron al exterminio cultural de la pequeña salita. Puede que el cine Victoria no abra otra vez sus puertas al público, pero quiera el destino que no sigamos los pineros perdiendo espacios.  

 

 

 

 

 

 

 

 

por: Carlos Ríos

 

 Mucho se ha escrito por pineros y no habitantes de esta ínsula sobre las migraciones japonesas, jamaicanas y caymaneras. Pero, muy poco se sabe sobre la  haitiana en estos lares.

Mi papá, hombre amante de los idiomas y de las culturas que han pasado y han sazonado nuestro ajiaco, conversaba con uno de los descendientes de hijos de la Española.

 Fix, como le llaman sus coterráneos, charlaba en creolle con mi padre, quien lo alfabetizaba en francés.

La curiosidad, bichito que habita en todo periodista, me hizo inquirirle a Fix ¿por qué no se conocía tanto sobre la presencia haitiana en la Isla de la Juventud?

Vale menos que el carbón

A principios de la República neocolonial la sacarocracia cubana empezaba a fortalecerse. Siglos de esclavitud, y los ecos de las “barbaries” cometidas por los libertadores de la Isla de la Española contra sus amos blancos, provocaron en Cuba el conocido miedo al negro, devenido racismo, que aún hoy tiene se vislumbra en nuestra sociedad.  Fue así como en la neocolonia, no ser blanco era un problema para quien no pudo ser bendecido con ese color de piel.

Haití, a pesar de ser el primer territorio libre de las colonias del “nuevo mundo”, no pudo alcanzar el desarrollo esperado.

Desde las épocas de la gloriosa revolución haitiana, comienzan a llegar al oriente cubano descendientes haitianos en compañía de sus amos, otros arribaron tardíamente, huyéndole a la pobreza y tratando de encontrar la fortuna en estas tierras.

Sin embargo, cuando llegaban a la isla vecina, la realidad era casi más cruel que la suya propia. El racismo era parte de la vida común cubana. Abrirse paso y encontrar trabajo era bien difícil para las personas de “color”, máxime si se era haitiano.

Historias de hechicerías, asesinatos y trabajo con los muertos tejieron la repulsión hacia los procedentes de Haití. Es así que para los cubanos ser haitiano era sinónimo de basura e incluso valía menos que un saco de carbón.

Miedo a la sociedad

Fix me cuenta que “innumerable fueron las familias hermanas que temieron a la sociedad. A que se supiera de dónde provenían. Esta es una de las razones por las cuales la migración haitiana se conoce muy poco.

“En mi familia no fue así. Tuvimos la suerte de que nuestra madre hablara con nosotros creolle. Ella nos enseñó a cocinar, a sazonar, a bailar e incluso a tocar ritmos haitianos”.

No todos tuvieron esta suerte, sobre todo por ser estigmatizados como practicantes budúes.

“Pienso que esto fue una de las razones por las cuales hay pocos descendientes que dominan el creolle y los secretos de nuestras comidas. Además, varios de los patronímicos de muchos de los descendientes de haitianos que viven en Cuba y en la Isla de la Juventud se perdieron. No pocos de mis familiares tuvieron que cambiar sus apellidos franceses por el castellano, para poder obtener trabajo y  no ser rechazados.
Conversé con Marta

La familia de Fix, fue una de las pocas que como él mismo menciona no tuvo miedo a la sociedad elitista y xenófoba cubana. Las profundas huellas dejadas por su abuela y su tío se traslucen al hablar el creolle, en sus conocimientos sobre las plantas medicinales y la cultura de ese país.

Fix recuerda aún su diálogo con Martha Jean Cloude, amiga entrañable de Cuba.

“En una ocasión Martha se encontraba en nuestro país y tuve la oportunidad de conversar con ella. Una persona muy afable, culta, y sobre todo con deseos de ayudar a los descendientes de su tierra a formar una sociedad que nos aunara, para precisamente tratar de borrar ese silencio cultural al que estuvimos confinados durante décadas.

“A Martha le llamó la atención mi domino de su lengua materna. Me acuerdo que me preguntó: – « ¿Desde cuándo vives en Cuba?». Le respondí que desde mi nacimiento. Continuamos hablando sobre temas relacionados con la cultura de su tierra cuando volvió a inquirirme: -« ¿Cuándo fue que viniste de Haiti»-

“Yo empecé a reírme porque ella pensaba que  la estaba engañando.

Cuando terminamos de charlar me comentó que tenía una gran duda acerca de mi dominio de palabras que  nativos de su nación desconocían o empleaban muy poco».

Para  Martha Jean Cloude pudo haber sido esto una sorpresa, pero no lo es para los coterráneos de Fix, porque los paisanos de Jean Cloude vinieron a estos predios hace casi dos siglos y son una de las migraciones más añejas conocidas en Cuba. Sin embargo, en la Isla de la Juventud, aún esta historia está por contar.

 

Anónimos tesoros

 Por: Isaíris Sosa 

   Quiso mi abuela materna que fuera su primera nieta pinareña. Así, se dispuso mi nacimiento en San Cristóbal, y aunque sobrellevo con gusto la popular fama de “bobos”, digo, de nobles, que tenemos los pinareños, es en la Isla de la Juventud donde guardo, cual tesoros, los recuerdos más valiosos de mi vida. Pero de otros tesoros, no los míos, se tratan estas líneas.

Buena parte del imaginario popular pinero lo conforman las historias de piratas, sus cofres y botijas escondidas. Todavía en estos tiempos hay quienes siguen las pistas de las fortunas enterradas en la Isla por Henry Morgan y otros célebres de antaño. La Sierra de la Cañada y el puerto de Júcaro -famoso también por su colonia de inmigrantes
japoneses- son sacudidos una y otra vez con la esperanza de encontrar al menos un doblón.

Sin embargo, otras riquezas de la Isla si bien ya han sido descubiertas, se han convertido en una especie de tesoros anónimos. Quizás el precio de este peculio no sea en
oro, pero sus valores culturales y antropológicos han desentrañado parte de los secretos que aún tenemos sobre nuestros ancestros indígenas. Les hablo de las cuevas de Punta del Este,  de la capilla sixtina del arte rupestre en Cuba. Cientos de estampas y signos de
los que aún no existen significados exactos, han perdurado en esa zona por cientos de años. Sus cavernas submarinas y cascadas interiores se convierten en el Edén para cualquier visitante.

La Isla de la Juventud, pudiera ser llamada también de los misterios. Entre los más exóticos se encuentra la historia de la actual Jungla de Jhones, antigua propiedad de uno de los tantos norteamericanos que compraron porciones de la entonces Isla de Pinos.

La leyenda narra que unos prófugos del Presidio Modelo asaltaron la finca de los Jhones, donde supuestamente la viuda del patronímico de la casa poseía una gran fortuna. El asesinato de la señora fue en vano. Ni un solo centavo fue encontrado en derredor. La ira
de los asaltantes se volvió piromanía, y en minutos el hogar de los Jhones fue una gran nube de cenizas. Años más tarde, por caprichosos del destino, brotó de los cimientos de
la casa una Ceiba que curiosamente semeja la figura de una mujer. Algunos piensan que es el espíritu de la señora Jhones.

En el lugar que habitaron esta pareja de norteamericanos se erige hoy un reservorio botánico para los pineros, que además de las historias entretejidas sobre los fantasmas de sus dueños, posee árboles endémicos de la Isla de la Juventud y un manantial cuya
agua, insólitamente, tiene el sabor de un jugo de piña.

Y si de aguas mágicas se habla, no pueden faltar los célebres manantiales de Santa Fe.
Tal llegó a ser su prestigio internacional, que figuras políticas, artistas y aristócratas de todas partes del mundo concurrían en estas aguas termales para sanar o recuperarse de alguna enfermedad. La demanda y asiduidad de los interesados, despertaron
la ambición de avezados empresarios que construyeron moteles para albergar a todos los que en busca de milagros acudían a las santas aguas.

La Isla más Joven de Cuba guarda en sus entrañas antiquísimos tesoros, muchos de ellos devenidos con el tiempo anónimos. A sus hijos, verdaderos albaceas de tan singular peculio, corresponde arrancarlos de los ignotos parajes de la desmemoria. En lo que la
maravilla ocurre, seguirán siendo, como ahora, fortuna invaluable de aquellos que cultivan sus vidas entre la soledad de las playas y el eterno vapor de los mármoles pineros.

 

 

 

 

 

Sacha, el memorioso

La Isla de la Juventud es una tierra, para mí, maravillosa. Hay leyendas, personajes y tradiciones que cuelgan de su historia como gemas preciosas.

En mi mente pululan ahora una decena de nombres, invenciones y ritos. Algunos me acompañan desde mi infancia, otras son más recientes, resultado de 24 años en la Isla mas Jóven del mundo.

Me detengo en un fotograma de mi vida, cuando aún era estudiante primario en el seminternado Celia Sánchez Manduley, en la barriada de Micro 70. Recuerdo su biblioteca y a la bibliotecaria; blanco de mofas de mis compañeros de aula, debido a su estructura anatómica singular. Pero las travesuras y chistes de muchachos no dejaban ver la belleza de aquella señora, que trataba de sumergirnos en las historias de Tom Sawer, en las de  Kostia, y en los múltiples cuentos y libros que se esparcían por los estantes de aquel recinto.

Sin embargo, no quiero centrar mi ejercicio de recordación en  aquellas maldades,  sino en el perenne visitante que ocupaba siempre la esquina de la biblioteca.

Sacha es lo que pudiera llamarse un Savant.  Su nombre verdadero lo desconozco, y alrededor de su apellido se rumoran diversas versiones populares

Antes de Encarta o Wikipedia, ya los habitantes de la Isla de la Juventud poseían la suya, y era muy particular. Sacha puede recitar de memoria, la capital de todos los países del mundo y  su presidente de turno. Tiene una habilidad, como muy pocos humanos que conozco, para recordar los hechos históricos de Cuba y de otras partes del mundo; e incluso, algunos guardan números telefónicos y nombres en el trastocado espacio entre realidad y fantasía que posee  Sacha.     

El ingente acopio de conocimientos que posee en las galerías de su memoria, ha fabricado una hipótesis que recorre la Isla como pura verdad: muchos piensan que el origen de su desequilibrio es consecuencia de haber estado, durante años, imbuido entre los libros.

Pero hoy, Sacha no es el mismo de antes. Ahora se aproxima más a los orates comunes. Y como hiciera yo de niño, corre por las calles que lo vieron crecer jugando a la guerra. Quizás porque hasta ese  mundo de fantasías -en el que a veces quisiéramos vivir muchos- han penetrado los mensajes mediáticos sobre las conflagraciones y los desastres mundiales.

Hoy rememoro al eterno niño que es Sacha, al erudito empedernido; porque además de ser conocido por todos sus coterráneos y de llenar un pedacito de la niñez de varios pineros, ha sido mi paradigma de lector, al que quizás algún día pueda alcanzar. 

 

  

    

Viento en popa

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Hace unos días concluí un diplomado de cómo ser buen navegante. Pero no navegante de esos que andan en un bergantín, izan velas y cambian la ubicación de las mismas  según soplen los vientos del mar, para llegar al destino final.

Soy un navegante moderno, de ese gran océano al que algunos llaman Internet, Red de Redes o Ciberespacio. Para mí simplemente es el más profundo y extenso de los mares, donde cada navegante sale con su bote a explorar este mundo tan errático que a veces no sabemos a donde nos puede llevar.

Por mi parte he salido con un objetivo, aunque sin rumbo. Pretendo subir a mi bote, por ahora, a todo aquel que quiera conversar sobre la Isla de la Juventud, un territorio cubano desconocido por muchos en el mundo. Compartiré información con todo aquel que quiera conocer sobre mi Isla, anotaré en mi bitácora todas las historias que usted, futuro integrante de mi tripulación, quiera compartir conmigo.

Por ahora, izado velas y elevado anclas…       

 

                                                            A donde me lleven los vientos.

 

 

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